Esclavo del Deseo capítulo #3
Capítulo 3
Dos golpes secos lo despiertan y sus ojos tardan en acostumbrarse a la claridad del territorio. Incluso luego de tres años el dolor de cabeza matinal persiste, pues reflejos de las lagunas se cuelan por el ventanal. Las casas de los jaguares son todas blancas, como si la luz natural no fuera ya suficiente: los Balam aman el sol y la luz. Y él es un lobo, un maldito lobo mestizo que solo quiere cortinas.
Se dirige a la puerta, el chico de ayer está de vuelta, lo mira fijo y Yuma detecta un aire de desprecio que no estaba en sus ojos con Zamil presente.
—El líder Xel-há lo requiere en el salón de reuniones. —Yuma se estira, todo el cuerpo le duele y no piensa ir sin tomarse una ducha antes, pero el joven jaguar parece leerle el pensamiento, porque agrega—: De inmediato, Yuma-há.
Yuma se recarga en el marco de la puerta, una mano a la cadera y los ojos fijos en el joven. A pesar del «Há» que marca el apellido de la familia de más alto rango de los Balam, el tonecito denota lo mal que le sabe dirigirse a él con respeto.
—Espérame aquí —indica y se da media vuelta.
Quince minutos después, arreglado y limpio, sale de casa. El chico hace de su acompañante pero gruñe bajo, lo mira por el rabillo del ojo con una furia que no consigue disimular. Yuma sonríe.
Ya no eran cambiantes tribales luchando a mordiscos por los territorios, pero las costumbres, esa tradición de odio entre los clanes del Sol y la Luna, no saldrían de sus sistemas en varias generaciones.
Quillian se lo había repetido muchas veces: «Se supone que tenemos inteligencia, a esta gente le vendría bien usarla». A Yuma aquello solía hacerlo reír. Su padre se quejaba mucho de la falta de sentido común del resto de cambiantes.
La naturaleza y los instintos no mutan tan rápido como los acuerdos y las guerras.
Cruzan el jardín central, un precioso conjunto de lagunillas aguamarinas donde las mujeres se reúnen para las diferentes labores mientras los niños juegan entre los charcos, a la vista de la comuna.
—¡Yuma-há! —grita Ixchel desde el centro de una de ellas, donde un círculo de omegas macho y hembra bordan los tapetes de sus próximas ceremonias sobre los nenúfares gigantes—. Hoy no te salvas.
Ixchel tira del codo de Yuma. El joven jaguar rueda los ojos y le da un golpecito en la mano.
—El líder ha requerido su presencia, no tiene tiempo para sus cosas de Omega —refuta el joven con el ceño fruncido.
Ixchel y Yuma levantan una ceja, sincronizados.
—Como se ve que aún no te sale pelaje de hombre —responde la omega con las manos en jarras—. Tu madre tejió un tapete antes de casarse, tu hermano lleva bordando desde que tú eras un cachorro y tu esposa o esposo lo harán también. Como alfa debes respetar las tradiciones, incluso Yuma-há no siendo de este clan muestra más respeto que tú.
El chico se eriza. Ixchel es una omega alta con el pelo claro y suave que entre los rayos de sol aparenta no tener peso, es la única persona que Yuma considera una amiga dentro del clan. La conoció cuando se anunció su ceremonia de marca y la asignaron para guiarlo en la confección del tapete de bodas.
—Vendré después de la reunión —dice Yuma colocando sus manos en los hombros de Ixchel—. No frunzas tanto el ceño o te quedará marca.
Ella se pone roja y se lleva las manos a donde sus cejas hacen una arruga. Yuma ríe y sigue su camino. Al cabo de unos pasos el joven jaguar a su lado se limpia la garganta.
—¿En el clan Moonlight no hacen el tapete matrimonial?
—¿Te ha picado la curiosidad? —dice inclinándose para buscar sus ojos. Su guía está rojo hasta la punta de las orejas, aparta la cara negando—. Tenemos otros ritos, tampoco usamos aretes.
—¡Sin aretes! —exclama por fin mirándolo—. ¿Entonces cómo dicen que están casados?
Yuma se toca la oreja izquierda donde hay tres perforaciones: las primeras dos argollas simbolizan el compromiso y el honor al Sol; el tercero es un arete trenzado que significa la unión sagrada e indivisible de los esposos.
Debido a las diferencias religiosas entre ambos clanes, los matrimonios entre Hijos de Luna y Sol no son muy comunes. No están prohibidos pero en la mayoría de situaciones uno de los conyugues renuncia a sus ritos ceremoniales.
El caso de Yuma y Zamil es uno sin precedentes, ambos forman parte de las familias líderes de sus respectivos clanes. Yuma es hijo del líder de los Moonligh y nieto del viejo cabeza de Clan del Norte Nevado. Zamil es el hermano del líder de los Balam.
Ninguno renunció a sus ritos. Xel-há prefirió que la boda se hiciera de forma discreta y solo intercambiaron esos aretes frente a las figuras del santuario de los dioses principales de los clanes del Sol: Arav y Mabel.
—¿Yuma-há? —pregunta el chico de nuevo.
—Una mordida, justo aquí —responde y se señala el cuello, justo en la vena que se tensa y que indica el lugar de su glándula de olor.
Él abre tanto los ojos que parece que se saldrán de sus cuencas.
—¿Y usted por qué no tiene una?
—¿Es aquí? —dice Yuma deteniéndose en la sala de conferencias del líder. El chico se frena de golpe, asiente.
—El líder Xel-há lo espera —dice con voz ceremoniosa.
Yuma encaja el colmillo en su labio inferior, huele a varios jaguares en la sala. Es algo grave. Ahora se arrepiente de haberse dado el lujo de bañarse.
Los dedos le tiemblan al tomar la orilla del tapiz que hace de puerta, no sabe qué esperar, no sabe qué clase de noticia van a darle y el temor de un futuro incierto se aprieta en sus costillas. Desde que cruzó el puente lejos de su manada se ha sentido de esa forma.
Cuando entra, el peso de miradas afiladas y otras de desprecio se asienta en sus hombros. El clan del Sol se compone de diferentes comunas. Los jaguares no tienden a permanecer demasiado cerca unos de otros, por tanto, aunque Xel-há es el líder de todos, cada comuna tiene su propio señor vasallo. Y esos son siete cambiantes del sol juzgándolo.
—Es bueno que nos honres con tu presencia, Yuma-há —dice Xel desde la punta de la mesa. Él traga espeso y baja la cabeza al tomar asiento.
—¿Podemos continuar? —gruñe el que está sentado frente a él. Yuma lo reconoce como el encargado del oeste del clan—. Nosotros, a diferencia del joven de la Luna, no tenemos todo el tiempo del mundo.
—Yuma-há es quien mejor informado debería estar, así que repetiremos —corta Xel. El cambiante asiente con desgano y se hace pequeño en su silla.
Xel-há no es un tipo que imponga gracias a su envergadura, como su padre. Es un hombre joven, apenas unos años mayor que Yuma. Estará pasando los 35, pero tiene los rasgos que acompañan a la madurez del liderazgo. Pequeñas arrugas acentúan sus ojos verdes afilados, profundos. Su color es capaz de hipnotizar a cualquiera que, antes de darse cuenta, cederá a sus demandas.
Luego está su postura. Tiene algo que Yuma reconoce como autoridad aunque no puede definirlo. No sabe si son los pasos firmes cada vez que se mueve, o la manera en que levanta el mentón, retando al resto a poner en duda sus decisiones.
—Hubo un ataque en Lovaria: dos lobos muertos y tres humanos —dice con la voz llana y clara—. Cambiantes de la manada Moonlight. Residentes de…
—La Farmacéutica Blackwood —interrumpe Yuma aunque más pretendía hablar consigo mismo. Xel-há carraspea.
—Siempre dije que ese proyecto de integrarnos con humanos nos llevaría a la desgracia, pero nadie se atrevió a decírselo al Alfa Blackwood. Todos fueron y le lamieron las botas aunque sabían que era un error.
Yuma gruñe en dirección al encargado del oeste, pero se muerde los labios cuando se da cuenta que el jaguar lo mira con una sonrisa sardónica.
—Si la crítica puede aplicar también a su persona —dice Yuma ladeando el rostro. El hombre arruga la nariz, le muestra los colmillos, Yuma aparta la mirada sin perder el porte recto de su espalda—, ¿no es más razonable mantenerse callado?
Su relación con Quillian no es la mejor, no es ni siquiera decente, pero su cuerpo hierve cuando alguien que no es él habla mal de su padre.
Cuando el tipo va a responder, Xel-há golpea la mesa con la palma abierta y toda la atención de la sala vuelve a él. Se ha erguido en toda su estatura, mostrando el pecho «Ahí está» piensa Yuma «Esa actitud que dice “obedéceme”».
—No es momento de esta tonta pelea entre clanes de Sol y Luna, somos cambiantes. Todos —recalca Xel volviendo su vista a la pantalla holográfica de la mesa donde está el reporte.
—Sin ese programa de integración con humanos no tendríamos esta tecnología, por ejemplo —interviene el encargado del este señalando la pantalla.
—¿Y? Es la única de esta zona porque, a diferencia de los humanos que se llenan de esas porquerías luminosas, a nosotros no nos obsesiona —refuta el jaguar frente a él.
—Exacto —retoma la palabra Xel-há—. No somos humanos, no entendemos sus ritos como ellos no entienden los nuestros. Nos importan cosas distintas y, sin embargo, la guerra de antaño nos dejó algo en claro: a ninguno de los dos lados le gusta ver a su gente herida. ¿Entienden? Esta es información reciente, pero el Consejo Cambiante ya está preocupado. No tenemos noticias de la reacción de los humanos, ni sabemos cómo manejará el conflicto Quillian Blackwood. El reporte dice que el comportamiento de los cambiantes fue errático, como si estuvieran medicados. Me preocupa que fuesen sujetos experimentales del laboratorio.
—Si su hijo le pregunta directamente, estamos seguros de que cooperará —comenta el jaguar que está al costado de Xel.
—Permítame ponerlo en duda —dice mordaz el encargado del oeste—, no se presentó a la boda de su hijo. ¿Siquiera se han comunicado en estos tres años?
Xel-há no cambia de expresión, se cruza de brazos y se mantiene en silencio. Todas las miradas se concentran de nuevo en Yuma, cuyo rostro se llena de vergüenza. Durante esos tres años ha mentido, ha cubierto cada posible rumor sobre su mala relación. Incluso ha fingido llamadas telefónicas una vez al mes que, es consciente, ni Zamil ni Xel-há se creen.
—Mi padre es un hombre de pocas palabras —dice cuando el silencio pesa demasiado.
—Tiene esa fama —contesta Xel y clava su mirada indescifrable en él. Yuma se aferra a su pantalón—. El Consejo ha pedido que cada manada envíe un emisario diplomático a Lovaria. Yuma-há, eres nuestra mejor opción.
Yuma no puede decir ni una palabra, su garganta se ha cerrado. Agradece seguir sentado porque no siente las piernas.
—No creo que sea lo más adecuado —contradice otro de los miembros—. Son familia. Si Blackwood fuera en parte responsable por los ataques, ¿Su hijo no intentaría cubrirlo?
—¿No acaban de decir que el chico tiene mala relación con el padre? Supongo que no desviaría su atención si algo estuviese mal —replica el encargado del este.
—La sangre de los clanes de Luna es espesa —comenta con desprecio otro—. Siempre se cubren sus desagradables secretos.
—Líder —dice Yuma poniéndose en pie. No puede escuchar más—. Concuerdo con los señores aquí presentes. No soy el más indicado para representarlos. Mi padre y yo no tenemos una relación muy estrecha. Aunque tampoco es mala, dudo que comparta de buena fe sus errores. Es un hombre orgulloso.
—Precisamente —dice Xel, que ha caminado en su dirección. Yuma no es capaz de volver a sentarse—. Creo que eres un miembro de esta manada ahora. Y que conoces a tu padre mejor que cualquiera de nosotros. Durante los últimos años ha experimentado con varios compuestos a los que podría darse un mal uso. No digo que él lo haga; digo que pudo cometer un error y que ese orgullo que mencionas quizá le impida verlo.
—Y es un error que podría costar muchas vidas si tenemos la desgracia de que escale. Los cambiantes no queremos más guerras con los humanos —asegura el encargado del oeste poniéndose en pie para darle su lugar a Xel.
—Esto no trata solo de ti, Yuma. ¿lo entiendes? —Xel toma asiento y obliga a Yuma a hacerlo también. Le toma de las manos y el lobo retiene el aire—. Estoy seguro de que Quillian apreciará que sea su hijo, sangre de su sangre, quien le ayude a no volver a cometer un error así. Y no un cambiante ajeno que lo juzgue sin más y lleve esa información al Consejo. Esto no tiene que escalar hacia consecuencias desastrosas. ¿Estamos de acuerdo?
La sonrisa de Xel es un arma que impide que Yuma conteste correctamente, así que se limita a asentir.
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